sábado, 13 de diciembre de 2008

Remando al viento



Remando al viento (1988), Gonzalo Suárez

Alberto Caeiro






También sé hacer conjeturas.
En cada cosa hay aquello que es ella y que la anima.
En la planta está fuera y es una ninfa pequeña.
En el animal es un ser interior lejano.
En el hombre es el alma que vive con él y ya es él.
En los dioses tiene el mismo tamaño
y el mismo volumen que el cuerpo
y es lo mismo que el cuerpo.
Por eso se dice que los dioses nunca mueren.
Por eso los dioses no tienen cuerpo y alma.
Sino sólo cuerpo, y son perfectos.
Sus cuerpos son sus almas
y tienen la conciencia en la propia carne divina.

Alberto Caeiro, de Poemas inconjuntos
El poeta es un fingidor, traducción de Ángel Crespo, Austral

E. E. Cummings






quién eres, pequeño yo

(de cinco o seis años de edad)
que observas desde una alta

ventana: el dorado


ocaso de noviembre

(y qué piensas: que si el día
ha de convertirse en noche

este es un hermoso modo de hacerlo)

E.E. Cummings, en Buffalo Bill ha muerto
Traducción: José Casas, Hiperión


who are you little i

(five or six years old)
peering from some high

window: at the gold


of november sunset

(and feeling: that if day
has to become night

this is a beatiful way)

sábado, 6 de diciembre de 2008

Marcial






XLVII

Las cosas que hacen la vida feliz,
gratísimo Marcial, son éstas:
una fortuna no producida por el trabajo, sino heredada;
un campo no ingrato, un fuego perenne;
nunca un pleito, rara vez la toa, el espíritu sereno;
fuerzas de hombre libro, un cuerpo sano;
una sencillez prudente, amigos de la misma condición;
convites fáciles, una mesa sin artificio;
una noche no ebria, pero libre de preocupaciones;
un lecho no triste y sin embargo púdico;
un sueño que haga fugaces las tinieblas:
querer ser lo que eres y no preferir nada más,
no temer el último día ni desearlo.

Marcial, Epigramas


Los sobornados - Fritz Lang



The big heat (1953), Fritz Lang

El Gatopardo






En una estirpe que durante siglos jamás había sabido ni siquiera sumar sus gastos y restar sus deudas, él era el primero (y el último) que tenía una marcada y genuina inclinación hacia las matemáticas; las había aplicado a la astronomía y le habían valido no poco reconocimiento público y gratísimos placeres privados. Baste decir que, en él, orgullo y análisis matemático se habían confundido hasta el extremo de inducirle a creer que los astros obedecían a sus cálculos (de hecho, parecía que así fuese) y que los dos pequeños planetas que había descubierto (Salina y Svelto: tales eran los nombres que les había dado inspirándose en su feudo y en un perro perdiguero de grata memoria) propagaban la fama de su casa en las áridas regiones situadas entre Marte y Júpiter, y que por tanto los frescos de la mansión habían sido más proféticos que lisonjeros.
Apremiado de una parte por el orgullo y el intelectualismo materno, y de la otra por la sensualidad y la tendencia a la improvisación del padre, el pobre príncipe Fabrizio vivía en perpetuo descontento pese al jupiterino ceño que ostentaba, y lo único que hacía era contemplar la ruina de su clase y de su patrimonio sin emprender actividad alguna ni sentir el menor deseo de hacer algo para remediar la situación.

G. Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo

Mamá - Louise Bourgeois

sábado, 29 de noviembre de 2008

Merry Christmas Mr. Lawrence



Merry Christmas, Mr. Lawrence (1983), Nagisa Oshima

Gottfried Benn





I

Los seres humanos son ceniza,
ceniza a la orilla de los ríos,
lamentarse y caminar
junto a aguas sagradas;
un fuego los quema,
un nombre los nombra,
que descansa hondo en el ser
de la creación eterna.

I

Menschen sind Asche,
Asche an Flüssen,
Wehn und Wandern
an heiliger Flut;
ein Feuer brennt sie,
ein Name nennt sie,
der tief im Sein
der ewigen Schöpfung ruht.

Gottfried Benn, Antología poética
Traducción: Arturo Parada, Cátedra

Vicente Valero






XXIII


En los espinos he dejado cada día mi sangre.
Mi sangre en este bosque es verde.
Cuando florecen los espinos, también mi sangre es nueva.
Así he aprendido a florecer.
Así he aprendido a contemplar mi sangre.


Vicente Valero, de Días del bosque
Visor

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Dice el signo






Un dios ha sonreído sobre el mundo
floreciente de rosas lanzas de oro.
Los vientos y las vírgenes desnudan
la piedra en donde asciende el horizonte.
Cristal de muchedumbres desvariadas;
las aguas subcelestes se reaniman
y un cántico nupcial se desmorona
golpeando la sangre transparente
con su estéril conjunto de esmeraldas.

Cartago se parece a mi tristeza.
Yo voy por una senda enmudecida.
Un cisne se debate allá a lo lejos
e inundadas dulzuras lo rodean.
Dolientes litorales, selvas blancas,
constituyen su desbordante cerco,
debajo de esos labios extendidos
de ese monte de luz, de esa muralla.

Como un vuelo pausado vienen voces.
"Esclavo fugitivo" dice el signo.
Idiomas abolidos me recobran
y un clamor enlutado me sacude.
Mi corazón, abierto en tus rodillas,
Oh sombra desatada, llama dura,
espera el retroceso. No es posible
caer desde tan hondo como canto,
no es posible quebrarse las pupilas,
huir con los cabellos abrasados,
llorar sobre una ausencia tan cercana.

Intocables doncellas ponen sellos
de muerte a los palomos en el pico.
Elevadas ciudades de cemento
me rechazan, lo sé. Pasan las nubes.
Exóticos océanos antiguos
reclaman el incienso que consumo.
"Regresa" llevo escrito entre los ojos.
Y miro aquella línea de jacintos,
aquella negra plata entre la nieve,
aquellos rizos suaves del olvido
temblar en supliciado desconcierto.

En pie sobre esta orilla que se aleja
recito mis recuerdos. Permanezco
parado ante las cosas que me asaltan.
Consulto consteladas destrucciones,
agoto mi rumor ante ese cuerpo
herido rudamente por el alba,
cerrado a las estrellas y a los besos.

Un templo asesinado se levanta,
un templo hecho de páginas de sangre
floreciente de verdes lanzas de oro.
Su mármol asistido de amapolas
reúne los motivos de la angustia,
ampara los rebaños ateridos.

No sé cuál es mi nombre ni mi patria,
no tengo propiedades ni caricias,
abandonos intensos me residen.
Contemplo un gran paisaje emocionante
donde siempre atardece cuando llego.
Cartago me sonríe entre la espuma.
"Esclavo fugitivo" dice el signo.

Juan-Eduardo Cirlot, en Obra poética, Cátedra

Yves Tanguy - The Invisibles


Yves Tanguy, The Invisibles (1951)

Aire y luz y tiempo y espacio - Charles Bukowski






"¿sabes?, o era la familia, o el trabajo, siempre
había algo que se
interponía,
pero ahora
he vendido la casa y he encontrado este
lugar, un estudio amplio, tendrías que ver el espacio y
la luz.
por primera vez en mi vida tengo tiempo y un lugar adecuado para
crear".

no, chico, si quieres crear
crearás aunque trabajes
16 horas al día en una mina de carbón
o
estés en el paro
y vivas en un cuartito
con 3 críos,
crearás aunque te hayan arrancado partes del cuerpo
y de la mente,
crearás estando ciego
inválido
loco,
crearás aunque un gato se te encarame por
la espalda y
la ciudad entera tiemble sacudida por un terremoto o por las bombas,
las inundaciones o los incendios.

chico, el aire y la luz y el tiempo y el espacio
no tienen nada que ver
y no crean nada
excepto quizá una vida más larga que te permita
encontrar más
excusas.

Charles Bukowski, de Poemas de la última noche en la tierra
Traducción de Eduardo Moga, DVD Ediciones

sábado, 15 de noviembre de 2008

Conde Draco - Count Von Count

Atlantic City - L. Malle




Louis Malle, Atlantic City (1980)

Al fondo de todo esto duerme un caballo - Gonzalo Rojas






Al fondo de todo esto duerme un caballo
blanco, un viejo caballo
largo de oído, estrecho de
entendederas, preocupado
por la situación, el pulso
de la velocidad es la madre que lo habita: lo montan
los niños como a un fantasma, lo escarnecen, y él duerme
durmiendo parado ahí en la lluvia, lo
oye todo mientras pinto estas once
líneas. Facha de loco, sabe
que es el rey.

Gonzalo Rojas, en Metamorfosis de lo mismo
Colección Visor

El silencio de la sirenas - F. Kafka






Dices que debo seguir bajando, pero ya estoy muy abajo, se me corta la respiración, aquí mismo ya casi es demasiado profundo, pero ya que ha de ser así, estoy dispuesto a quedarme. ¡Qué espacio! Es probablemente el lugar más profundo. Así y todo me quiero quedar; eso sí, no me obligues a seguir bajando.

1920

Franz Kafka, de El silencio de la sirenas. Escritos y fragmentos póstumos

sábado, 8 de noviembre de 2008

La leyenda de la ciudad sin nombre




Joshua Logan, Paint your wagon (1969)

Georg Trakl






XII

Soy en alta medianoche
playa muerta y mar callado,
muerta playa, te he olvidado.
Soy en alta medianoche.

Soy en alta medianoche
cielo donde estrella fuiste,
cielo sin dios, cielo triste.
Soy en alta medianoche.

Soy en alta medianoche
de mujer no concebido,
sin esencia, jamás sido.
Soy en alta medianoche.


Georg Trakl, de Canto a la noche, Antología, Seix Barral
Traducción: Angélica Becker

El escudo de Aquiles - W. H. Auden






Ella miró sobre su hombro
Buscando viñedos y olivos,
Urbes de mármol bien reinadas
Y naves en mares indómitos,
Pero allí en el metal brillante
Sus manos sólo habían puesto
Un triste yermo artificioso
Y un cielo semejante a plomo.

Un llano sin facciones, despojado y parduzco:
Ni una brizna de hierba, ningún signo de vida,
Si nada que comer ni sitio en que sentarse;
No obstante, congregada en su lienzo vacío,
Se alzaba, incomprensible, una gran multitud,
Un millón de miradas y de botas en fila,
Carentes de expresión, aguardando algún signo.

Salida de la nada, una voz incorpórea
Mostró con estadísticas que la causa era justa
En tonos tan adustos y chatos como el llano:
Nadie fue jaleado ni hubo discusión;
Columna tras columna en enjambres de polvo
Iniciaron su marcha soportando una fe
Cuya lógica llevaría sus pasos hasta la aflicción.

Ella miró sobre su hombro
Buscando piedades rituales,
Novillas con guirnaldas blancas,
Libaciones y sacrificios,
Pero allí en el metal brillante,
Donde el altar debiera hallarse,
Vio a la tenue luz de la forja
Una escena muy diferente.

Un terreno arbitrario con alambres de espino
Donde los oficiales holgaban aburridos (uno contaba un chiste)
Y los guardas sudaban, pues hacía calor:
Un grupo de personas normales y decentes
Miraba desde fuera sin moverse ni hablar
Mientras tres sombras pálidas eran encadenadas
A tres postes clavados de pie sobre la tierra.

La masa y majestad de nuestro mundo, todo
Lo que comporta un peso y no cambia al pesarse
Se hallaba en manos de otros; dado que no eran grandes
No cabía esperar ayuda y no la hubo:
Lo que sus enemigos pretendían hacerles se hizo, y los peores
Buscaron deshonrarles; si perdieron su orgullo,
Sus cuerpos perecieron después que ellos lo hicieran.

Ella miró sobre su hombro
Buscando atletas en sus juegos,
Hombres y mujeres danzando,
Desplegando sus dulces miembros
Al ritmo alerta de la música
Pero allí en el metal brillante
No había un patio para el baile,
Tan sólo un campo de hierbajos.

Un golfillo harapiento caminaba sin rumbo
Por aquella orfandad deshabitada; un pájaro
alzó el vuelo, esquivando el vuelo de su piedra:
Que hubiera violaciones, que dos niños rajaran a un tercero
Eran axiomas para él, que nunca oyera hablar
De un mundo donde las promesas se mantenían,
O en el que uno lloraba porque alguien más lloraba.

El forjador de labios finos,
Hefesto, se fue renqueando,
Y Tetis, la de bellos bucles,
Lanzó un grito de desconsuelo
Al ver lo que el dios concibiera
Para honrar a su hijo, el fuerte
Aquiles Corazón de Hierro
Que larga vida no tendría.



The Shield Of Achilles


She looked over his shoulder
For vines and olive trees,
Marble well-governed cities
And ships upon untamed seas,
But there on the shining metal
His hands had put instead
An artificial wilderness
And a sky like lead.

A plain without a feature, bare and brown,
No blade of grass, no sign of neighborhood,
Nothing to eat and nowhere to sit down,
Yet, congregated on its blankness, stood
An unintelligible multitude,
A million eyes, a million boots in line,
Without expression, waiting for a sing.

Out of the air a voice without a face
Proved by statistics that some cause was just
In tones as dry and level as the place:
No one was cheered and nothing was discussed;
Column by column in a clound of dust
They marched away enduring a belief
Whose logic brought them, somewhere else, to grief.

She looked over his shoulder
For ritual pieties,
White flower-garlanded heifers,
Libation and sacrifice,
But there on the shining metal
Where the altar should have been,
She saw by his flickering Forge-light
Quite another scene.

Barbed wire enclosed an arbitrary sopt
Where bored officials lounged (one cracked a joke)
And sentries sweated for the day was hot:
A crowd of ordinary decent folk
Watched from without and neither moved nor spoke
As three pale figures were led forth and bound
To three posts driven upright in the ground.

The mass and majesty of this world, all
That carries weight and always weighs the same
Lay in the hands of others; they were small
And could not hope for help and no help came:
What their foes liked to do was done, their shame
Was all the worst could wish; they lost their pride
And died as men before their bodies died.

She looked over his shoulder
For athletes at their games,
Men and women in a dance
Moving their sweet limbs
Quick, quick, to music,
But there on the shining shield
His hands had set no dancing-floor
But a weed-choked field.

A ragged urchin, aimless and alone,
Loitered about that vacancy; a bird
Flew up to safety from his well-aimed stone:
That girls are raped, that two boys knife a third,
Were axioms to him, who'd neer heard
Of any world where promises were kept,
Or one could weep because another wept.

The tin-lipped armorer,
Hephaestos, hobbled away,
Thetis of the shining breasts
Cried out in dismay
At what the god had wrounght
To please her son, the strong
Iron-hearted man-slaying Achilles
Who would not live long.


W. H. Auden, El escudo de Aquiles, en Los señores del límite, Galaxia Gutenberg
Traducción: Jordi Doce

sábado, 1 de noviembre de 2008

Le plaisir - Max Ophüls




Max Ophüls, Le plaisir (1952)

Estudio de Inocencio X de Velázquez - F. Bacon


Francis Bacon, Estudio de Inocencio X de Velázquez (1953)

Pierre de Ronsard






A SU AMADA


Vamos a ver, muchacha, si la rosa
que esta misma mañana se vistió
con ropaje de púrpura a la luz,
no habrá perdido ya al caer la tarde
los purpúreos pliegues de su manto
y su color tan semejante al tuyo

Pero ya ves cómo en tan breve tiempo,
ay, muchacha, se empieza a deshojar
y caen en la tierra sus bellezas.
¡Oh, tú, naturaleza, cruel madrastra,
pues una flor así tan sólo dura
desde que sale el sol hasta la noche!

Hazme caso, muchacha, mientras luzcas
ese esplendor que dan los años jóvenes,
cuando todo es galano y recién hecho,
goza tu juventud, no esperes más,
pues la vejez lo mismo que a esta flor
marchitará algún día tu belleza.


A SA MAISTRESSE

Mignonne, allons voir si la rose
Qui ce matin avoit desclose
Sa robe de pourpre au Soleil,
A point perdu ceste vesprée
Les plis de sa robe pourprée,
Et son teint au vostre pareil.

Las! voyez comme en peu d'espace,
Mignonne, elle a dessus la place
Las! las! ses beautez laissé cheoir!
O vrayment marastre Nature,
Puis qu'une telle fleur ne dure
Que du matin jusques au soir!

Donc, si vous me croyez, mignonne,
Tandis que vostre âge fleuronne
En sa plus verte nouveauté,
Cueillez, cueillez vostre jeunesse:
Comme à ceste fleur la vieillesse
Fera ternir vostre beuaté.


Pierre Ronsard, Poesía, traducción: Carlos Pujol
Editorial Pre-Textos

Tristán e Iseo






(...) Cuando se aproximan al lugar se detienen. El florestero le sostiene el estribo, el rey descabalga y ata las riendas a una rama de manzano verde. Se acercan a la cabaña. El rey se despoja de su manto: aparece su cuerpo robusto y gallardo. Hace señas al florestero para que se retire. Desenvaina la espada y avanza dispuesto a la venganza. Blande su arma, va a golpearlos (¡Dios! ¡Qué desgracia si lo hiciera!). Pero ve que Iseo lleva puesta su camisa y Tristán sus calzas, sus bocas no se juntan, la espada desnuda separa sus cuerpos.
-¡Dios mío! -exclama-. ¿Debo matarlos? Si se amasen con loco amor no dormirían vestidos, la espada desnuda entre ellos.
Contempla sus rostros: Iseo le parece más bella que nunca. La fatiga la había dormido y coloreado sus mejillas. Un rayo de sol caía sobre su rostro. El rey coloca su guante sobre el hueco por el que se filtra el rayo que abrasa el rostro de la reina. Suavemente sustituye el anillo de Iseo por el suyo y coloca su espada en el lugar de la de Tristán, con la que un día su sobrino había matado al Morholt. Antaño, cuando el rey le había regalado el anillo, entraba con dificultad: tanto había adelgazado Iseo en su vida de fugitivos que ahora se le escapaba del dedo y era milagro si no lo perdía. El rey sale de la cabaña, despide al florestero y emprende su viaje de regreso. Renuncia a tomar venganza y oculta celosamente a todos lo ocurrido.


Tristán e Iseo
Biblioteca artúrica, Alianza Editorial

sábado, 25 de octubre de 2008

Franz Schubert - Rubinstein - Impromptu nº 4



Franz Schubert, Impromptu nº4, A. Rubinstein (piano)

Oscuridad del sábado - Ilhan Berk






ARMA VIRUMQUE CANO
(Virgilio)

I

OSCURIDAD DEL SÁBADO


Caminaremos durante un milenio
Saldremos primero a una calle

Un genovés me traerá noticias tuyas
Te esperaré completamente desnudo

Pueden vernos desde Santa Sofía
No hay nadie que no nos vea

La oscuridad del sábado
Mira fijamente la iglesia polaca

Hemos esperado durante un milenio
Por primera vez estamos juntos en un poema

Dejando sus prendas a la noche
Correrán con nuestras noticias al sultán Mehmet

No puedo decir espero poder verte de nuevo
Pues nunca más podríamos volver a vernos.


Ilhan Berk, Poemas
Traducción de Clara Janés y Lütfü Tokatliogliu
Visor

Antonio Machado






Con el sol que luce
más allá del tiempo
(¿quién ve la corona
de Macbeth sangriento?),
los encantadores
del buen caballero
bruñen los mohosos
harapos de hierro.

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CCXLI

Estos días azules y este sol de la infancia.



Antonio Machado, Poesías de la guerra
Poesías completas, Espasa-Calpe

Bajo el volcán






"Pero óyeme, diablos, no todo es oscuridad", parecía contestarle el cónsul con amabilidad, mientras sacaba la pipa a medio llenar y con la máxima dificultad la encendía, en tanto que ella seguía con la mirada la de él que erraba por el bar sin encontrar los ojos del camarero, el cual, grave y al parecer ocupado, se eclipsaba en la oscuridad, "no me comprendes si crees que todo lo que veo es oscuridad; y si continúas creyéndolo, ¿cómo puedo decirte por que lo hago? Pero si miras ese rayo de sol allá, ¡ah!, quizá tengas la respuesta. Anda, mira cómo entra por la ventana: ¿hay algo más bello que pueda compararse a una 'cantina' por la mañana temprano? ¿Tus volcanes de fuera? ¿Tus estrellas?... ¿Ras Algethi? ¿Antares incontenible en el sur sudeste? Lo lamento pero no. No es tanto la belleza de ésta necesariamente, la cual, en retrogradación de mi parte, acaso no sea propiamente una 'cantina', pero piensa en todas aquellas atroces 'cantinas' en las que enloquece la gente y que pronto estarán bajando sus persianas, porque ni las mismas puertas del cielo abriéndose de para en para para recibirme podrían llenarme de un gozo celestial tan complejo y desesperanzado como el que me produce la persiana metálica que se arrolla con estruendo, como el que me producen las puertas de persianas sin candado que baten para admitir a aquéllos cuyas almas se estremecen con las bebidas que llevan con mano trémula hasta sus labios. Todos los misterios, todas las esperanzas, todos los desengaños, sí, todos los desastres están aquí, detrás de esas puertas batientes. Y, a propósito, ¿ves aquella anciana de Tarasco sentada en el rincón? Antes no podías, pero ¿la ves ahora?", preguntaban los ojos del cónsul mientras recorrían en torno suyo con el brillo pasmado y perdido de un enamorado, ese amor le preguntó "¿cómo esperas comprender, a menos que bebas como yo, la hermosura de una anciana de Tarasco que juega al dominó a las siete de la mañana?"


Malcolm Lowry, Bajo el volcán
Traducción de Raúl Ortiz y Ortiz
Tusquets Editores

domingo, 19 de octubre de 2008

Elmer Gantry




Elmer Gantry (1960), Richard Brooks

Elegía sumeria






INTRODUCCION


Todos los pasos tienen la forma del pasado,
la forma de las formas donde todo se muere
cayendo en su recinto de plata desbordada,
elegida en el borde de las sombras azules.

Debajo de los días de mis contestaciones
a todas las murallas que la noche reparte
en torno a mi tristeza de roto alucinado
donde el sol no golpea con sus labios en flor.

Debajo de esas causas de elemento remoto:
de esos pasos perdidos que mis manos soportan,
escribo dulcemente con el rostro vertido
hacia la extensa tierra que se eleva ante mí.

Es una tierra lenta de rosas muy oscuras,
una tierra de nombres y puñados de vidrio,
una tierra de grana con estaño incendiario,
una tierra de paja con trenzas de aceite.

Todos sus movimientos me consultan ardiendo,
todas sus invasiones se me acercan de pronto;
cuando de mi agonía resurjo hacia las calles
y paso por mis sangres escucho sus lamentos.

Voy a estar concordando las cuerdas de esa luz
que el aire petrifica rondándome los ojos.
Voy a poner sus arpas encima de mi mesa
donde escribo despacio su forma desgraciada.

Son rediles de polvo mezclado con topacios,
pescados hacinados sobre la cal deshecha
son hombros de jacintos y caderas de sábana
donde todo amontona su rumor de maderos.

Todos los pasos tienen la forma del pasado;
de un pasado sin boca para besar la orilla
de otra existencia hermosa que nunca se ha tenido
a pesar de las fiestas del corazón en llamas.

Entonces a lo largo de mi paciencia nacen
las tibias caravanas de las blancas cisternas,
los amores redondos de los pozos ocultos,
las banderas inscritas en le mármol salvaje.

Miro con mis recuerdos la zona de ese campo
en el que un gran sollozo persiste de rodillas.
Desde la tarde o noche donde un árbol violeta
esparce su mirada, también contemplo el tiempo.

Miro su vestidura de brillo y crisantemos,
su peligrosa fuerza de ventana cortada,
su pensamiento vivo creciendo con las zarzas
entre las alabanzas de los cánticos solos.

Debajo de esas causas de elemento perdido
hay una tierra suave que palpita ante mí.
Es una tierra echada sobre su propio vientre
lleno de estrellas negras y de voces lejanas.

Cuando todo lo mío se muere y despedaza
partido por el ansia de lo que me traiciona,
del crimen cometido por mí contra mis cielos
yo miro ese terreno de temblor y ternura.

Escribo para oírme vivir sobre sus tersas
orillas renacidas en un sarcófago rojo.
De sus sonidos de oro tomo mis instrumentos
hechos de siemprevivas y cabellos heridos.

Todos los pasos tienen la forma del pasado
donde todo se ahonda cayendo hacia el amor,
que es la perfecta nada de todo lo que canta
con la mirada aguda que el diamante describe.

Ya sé que me repito como un muerto que avanza
desde sus pobres ropas deshechas y en la sombra,
hacia la caja enorme donde el mundo le estrecha
para guardar la esencia de su ser miserable.

No me importa la gloria que grita en las paredes
con garfios de tormento la aurora de los días.
No obstante, reconozco la causa de mi origen
atado a la salmodia de los nombres que crujen.

Debo cantar las ansias de la roca extasiada,
las ansias de los peces que lloran su océano,
las ansias de los signos escritos con zafiros
en las llagas inmensas de las naciones secas.

No me importa la gloria, pero adoro mi voz;
mi voz hecha de torres y relámpagos negros
mi voz de combatiente por una guerra antigua,
mi voz de sacerdote con ojos de jaguar.

Es donde mi tristeza se transforma en países,
en lo que todo estalla en floras de riquezas,
en las que me sumerjo con las venas abiertas
para llenar mi espalda de tatuajes eternos.


Juan-Eduardo Cirlot, de Elegía sumeria
En Obra poética, Cátedra

sábado, 11 de octubre de 2008

Ada Salas






Lugar de carencia
pura
desposesión. Sea vano mi nombre
vano
este empeño furioso por ser río



y no breve humedad
bajo la piedra.


Ada Salas, de Lugar de la derrota

Las tentaciones de San Antonio




Las tentaciones de San Antonio (1500), El Bosco

José-Miguel Ullán






IDEOGRAMA

Quien mis cadenas más estrecha y cierra
es la memoria mía y la pureza.


FRAY LUIS DE LEÓN


Mero ahorro, Señor, hubiera sido
hacernos todo
                    desmemoria
y sexo.


José-Miguel Ullán, de Razón de nadie

sábado, 4 de octubre de 2008

Alexander Sokurov - Madre e hijo



Alexander Sokurov, Madre e hijo (1997)

Wallace Stevens






Caída del aviador


Este hombre escapó a los sucios hados,
Sabiendo que murió, como murió, noblemente.

Oscuridad y nada del humano trasmundo,
Recibidlo, acogedlo en las profundidaes del espacio,

Profundum, trueno físico, dimensió en la que
Creemos sin creer, más allá de la fe.



Flyer's Fall


This man escaped the dirty fates,
Knowing that he died nobly, as he died.

Darkness, nothingness of human after-death,
Receive and kepp him in the deepnesses of space-

Profundum, physical thunder, dimension in wich
We believe without belief, beyond belief.


Wallace Stevens, en De la simple existencia
Traducción de Andrés Sánchez Robayna

Eloy Sánchez Rosillo - El abismo






Hay en este ir dejando que transcurra
la vida sin dar fruto, en esta voluntaria
renuncia a hacer en la que tantas veces
me mantengo y que no tiene, en mi caso,
ninguna relación con la pereza,
ni con el yermo escepticismo, ni
con esa sequedad del corazón que a muchos,
a mi edad, para siempre les niega la palabra,
hay en este abstenerse deliberado, acaso,
no sé, como un extraño amor por el peligro,
como un oscuro afán irreprimible
de tentar a la suerte andando por el borde
de un abismo espantoso. En ocasiones, pasan
largos meses enteros en los que nada escribo,
en que me opongo inexplicablemente
a cumplir el deber que justifica
mi existir. Y me digo: "Hace ya muchos años
que dejé de ser joven; va acortándose el tiempo
del que tal vez disponga para llevar a cabo
la labor pendiente: los poema
que porfían y aspiran al aire y a la luz
y que sin forma habitan en las sombras
de mi silencio. No hay mayor tristeza
que la de aquello que queriendo alzarse
no crece y se transforma en flor, en vida
que se afirma y que canta". Sin embargo, persisto
en la inactividad, mirando, absorto,
lleno de culpa y de desasosiego,
al fondo del abismo: la nada que desdice
mis viejas ilusiones, la fe que me sostuvo,
mi voluntad de ser frente a la muerte.

Eloy Sánchez Rosillo, de La vida

sábado, 27 de septiembre de 2008

Les enfants du paradis



Les enfants du paradis (1945), Marcel Carné

Franz Marc


Franz Marc, Tigre (1912)

Georges Bataille






IV

Más allá de mi muerte
un día
la tierra gira en el cielo

estoy muerto
y las tinieblas
sin cesar se alternan con el día

cerrado está para mí el universo
en él permanezco ciego
semejante a la nada



la nada no es sino yo mismo
el universo no es sino mi tumba
el sol no es sino mi muerte

mis ojos son el ciego rayo
mi corazón es el cielo
donde estalla la tormenta

en mí mismo
al fondo de un abismo
el universo inmenso es la muerte



soy la fiebre
el deseo
soy la sed

el gozo que despoja del vestido
y el vino que hace reírse
de no estar ya vestido



en una copa de ginebra
una noche de fiesta
las estrellas caen del cielo

trago el rayo a largos sorbos
voy a reírme a carcajadas
con el rayo en el corazón


Georges Bataille, del poema La Tumba, en Lo Arcangélico y otros poemas
Traducción de Pilar Ruiz Va