domingo, 22 de julio de 2012

Clara Janés - Variables ocultas

                      
            
             
          
          

Y la palabra deja de ser su forma, que queda como
una piel de serpiente abandonada en la arena. Su
fuerza es interior, posee incluso a la boca muda.

Clara Janés, Variables ocultas, Vaso Roto Ediciones, 2010

domingo, 15 de julio de 2012

Vladimir Nabokov - Habla, memoria

                  
          
            
           
         

Así, cuando la recién descubierta, fresca y pulcra fórmula de mi edad, cuatro años, quedó confrontada con las fórmulas paternales, treinta y tres y veintisiete, algo me ocurrió. Experimenté una conmoción de efectos tremendamente vigorizantes. Como si me hubieran sometido a un segundo bautismo, de tendencia más divina que el remojón de rito ortodoxo griego sufrido cincuenta meses antes por un aullante, semiahogado, semiVictor (mi madre, a través de la entrecerrada puerta, consiguió corregir al chapucero arcipreste, el padre Konstantin Vetvenitski), me sentí sumergio bruscamente en un medio radiante y móvil que era ni más ni menos que el puro elemento del tiempo. El cual era compartido –de la misma manera que los excitados bañistas comparten la reluciente agua del mar– con criaturas que no eran yo mismo pero que estaban unidas a mí por el común fluir del tiempo, un ambiente muy diferente al mundo espacial, que no sólo es percibido por los hombres sino también por los monos y las mariposas. En ese momento tomé la aguda conciencia de que el ser de veintisiete años, vestido de suave blanco y rosa, que sostenía mi mano izquierda, era mi madre, y que el ser de treinta y tres años, era mi padre. Entre ellos, que iban paseando, yo caminaba saltando y trotando y saltando otra vez, de mancha de sol en mancha de sol, por el centro de un sendero que hoy día puedo identificar fácilmente como aquel paseo de robles jóvenes que había en el parque de nuestra casa de campo, Vyra, en lo que fuera la provincia de San Petersburgo. Ciertamente, desde mi actual cresta de tiempo remoto, aislado y casi deshabitado, veo a mi yo diminuto que celebra, en aquel día de agosto de 1903, el nacimiento de la vida consciente.

Vladimir Nabokov, Habla, memoria, trad. Enrique Murillo, Anagrama, 2006

sábado, 30 de junio de 2012

Miguel Veyrat - Guarida de estrellas, X






Obediente el ciego escriba
anota que mandaste
atar tu cuerpo taponando
con cera la mente de los tuyos
y recibir en solitario
la caricia del sentido: ¿Cómo
pudiste vivir con tal secreto? El
prudente Homero nos mintió
pues nadie podría amarte
ni esperarte –delatado
entre las mañas y el loto, lúcido
y loco en tu postrera huida
hacia adelante. Más tarde
cuando el Viejo Capitán
se hizo cargo del viaje
y zarpaste presto hacia el vacío
pudo verse que mantenías –entre
dos rojas heridas, el latir
de la canción robada. Siglos
después un fiel amor –uno
de los nuestros, te hundiría
para siempre en el círculo octavo
del Infierno.

Miguel Veyrat, en http://bib.cervantesvirtual.com/bib_autor/miguelveyrat/


domingo, 24 de junio de 2012

Carl Seelig - Paseos con Robert Walser

(...)
   -¡Hagámoslo todo a pie!
   Señala una cima verde, hacia el sur. A mí me parece infinitamente lejos, pero él tiene que hacer su voluntad. Adopta un ritmo casi frenético. Los pantalones le quedan un poquitín largos; dice que son los de su hermano Karl. ¡Bajamos un barranco! Es el viejo camino de herradura, a mano derecha una soga, agarrándose a la cual desciende casi en vertical. Propongo un baño en el cercano río que corre a nuestros pies, color verde musgo; tampoco sería despreciable un segundo desayuno, le digo. Robert se niega con gesto de espanto, y declama con irónico patetismo: "¡El que quiere vencer no descansa!". ¡Así que a subir por el otro lado! Trepa como un gato, luego pasamos ante huertos solitarios, ante pastos de fuerte aroma, bosques y más bosques...
   Empezamos una larga discusión sobre el tema siguiente, propuesto por mí:
   La joven y atractiva hija de un matrimonio amigo ha caído bajo la influencia de un mal tipo, con el que a veces veo a la muchacha en un café. Me han hablado mucho y mal acerca de este joven de aspecto brutal y desaliñado, del que se supone que tiene poderes hipnóticos. Se dice que abusa de ellos en sus relaciones con los jóvenes. Me han dado nombres, y me dicen que hace beber a la hija de mis amigos y se la lleva entrada la noche a locales de mala nota. El problema es: ¿debo alertar al padre (la madre está enferma y necesita cuidados) del peligro que corre su hija o debo callar? Robert medita concienzudamente sobre el asunto, y se informa con viveza de los detalles. Luego dice:
   -Le aconsejo, como amigo, que no haga nada. No hará más que exponerse a disgustos. Quizá sospechen que es usted un chismoso, que tiene celos y que es un beato. ¡Qué le importa a usted esa muchacha! Ese amor, aunque termine desdichadamente, será una escuela de la experiencia para esa ingenua criatura. Hay  que tener confianza en la vida y en las personas, confianza en que tales momentos de peligro despertarán en ellas las energías positivas. Quien cae, también puede levantarse... ¡No, no, yo en su lugar guardaría silencio!
   -Admitido: es probable que mi intervención no me reporte más que disgustos. Pero no se trata de mi paz espiritual, se trata de la muchacha, que es demasiado buena para ese canalla. Las obligaciones de la amistad exigen, en mi opinión, decírselo a su padre.
   -No hay obligaciones de la amistad. No existe más que la amistad, libre y sin ataduras. ¿Por qué interfiere usted en asuntos en los que sólo el padre y la madre son responsables?
   -Siento las cosas de forma distinta. Sinceramente. Si en un combate un amigo cayera junto a mí, para mí sería obvio ocuparme de él a toda costa.
   -También eso es un error. Usted no debería ocupare más que de la victoria, es decir, de avanzar y ganar la batalla. No se puede olvidar el gran objetivo por cuestiones privadas. El que quiere vencer tiene que saber contar con las víctimas.
   Hasta llegar a la cumbre, Robert desarrolla para mí sus peculiares ideas sobre el tema. Me habla de una belleza de Biel a la que veía a veces en Zúrich. Había muerto miserablemente de resultas de un aborto pero, con su encanto, había hecho felices a muchos hombres. También tenía que haber existencias que no se dedicaran a hacer una vida normal, sino que se desarrollaran por vías marginales, destinos extraños. No se podía examinar lo insondable de la naturaleza.

Carl Seelig, Paseos con Robert Walser, trad. Carlos Fortea, Ediciones Siruela

sábado, 16 de junio de 2012

Henrik Nordbrandt - Baklava

            
              
               
               
            

Me siento incómodo en Atenas, en Estambul
lo mismo que en Beirut. Allí la gente
parece saber algo de mí
que yo jamás comprendí,
algo tentador y mortalmente peligroso
como la calle de tumbas submarinas
donde buceamos buscando ánforas el verano pasado
un secreto – a medias presentido
como espiado por las miradas de los vendedores callejeros
que de pronto me hacen penosamente
consciente de mi esqueleto. Como si las monedas de oro
que los niños me ofrecen
hubiesen sido robadas de mi propia tumba
anoche. Y como si ellos indiferentes
hubiesen machacado todos los huesos de mi cabeza
para poder cogerlas. Como si
la torta que me acabo de comer hace un instante
hubiese sido endulzada con mi propia sangre.

Henrik Nordbrandt, Poesía nórdica, Antología de Francisco J. Uriz

sábado, 26 de mayo de 2012

Manuel Chaves Nogales - Juan Belmonte, matador de toros

             
             
              
           
              

(...)
–Pues anda -me dijo-; a ver si consigues cazar a esa bestia.
Y me puso en las manos la espada y la muleta.
Vuelta otra vez a correr detrás del toro hasta echar el pulmón por la boca. Cuando lo alcancé, de nuevo volví a tirarme a matar, y volvió a encunarme y a escupirme contra la arena. "¡Menos mal! –pensé–. Todo el tiempo que esté en el suelo no tendré que estar corriendo." Pero a los pocos segundos ya estaba allí otra vez Calderón levantándome como el que alza a un guiñapo del suelo y poniéndome en las manos los trastos de matar.
A la tercera vez me que me vi frente al toro estaba yo tan desesperado que me tiré a matar echándome materialmente sobre los pitones para que la bestia aquella me matase. Todo era preferible a aquel tormento. Una vez más fui por el aire y caí entre las patas del novillo. Ya sabía yo que el animal no hacía por recogerme, y me encontré muy a gusto en el suelo sintiéndole a mi lado como si fuese mi Ángel de la Guarda. "¡Si pudiera dormirme! –pensaba–. ¡Un ratito siquiera!"
Pero llegó otra vez más el feroz Calderón, esta vez irritado ya conmigo.
–¡Vamos! ¿Qué haces aquí? ¡Arriba!
-¡Es que no puedo, Calderón! –gemí.
-Eso te pasa por hacer la vida que haces, so perdido. ¡Toma, toma! Para que te vayas por ahí de madrugada con las mujeres...
El público empezó a divertirse con aquel inusitado espectáculo. Algún espectador me ha contado luego que se tenía la impresión de que yo era un muñeco mecánico y que cuando Calderón se acercaba a mí parecía que me daba cuerda, me ponía en pie y me echaba otra vez contra el toro.
Entré a matar cien veces, me cogió el toro quince o veinte, y cuando la paciencia del público y del presidente se agotaba y sonaron los clarines para que salieran los mansos, estaba el toro tan vivo como al empezar la lidia.
Acababa el toro de tirarme por vigésima vez contra el suelo cuando sonó el tercer aviso y se abrió el portalón para que salieran los cabestros. Súbitamente me entraron una rabia y una desesperación incontenibles. Me incorporé juntando todas mis energías, y sobreponiéndome al agotamiento me planté de un salto ante el toro, y sin muleta ni estoque, que para nada me servían, me hinqué ante él de rodillas y le desafié frenético:
–¡Mátame, ladrón; mátame!
Estaba ciego de la desesperación. Avancé arrastrando las rodillas por la arena hasta que estuve en la cara del toro, lo cogí por los cuernos, le escupí, y finalmente me puse a aporrearle el hocico a puñetazo limpio al mismo tiempo que le gritaba:
-¡Mátame, asesino; mátame!
Calderón y el mozo de espadas, asustados, intentaban arracarme de allí. Hay una fotografía que reproduce fielmente la escena. El mozo de espadas me tiene cogido por un brazo y Calderón tira de mí agarrándome por el cogote, mientras yo sigo de rodillas debatiéndome entre los largos pitones del toro, que, la verdad, no me mató porque no quiso.

Manuel Chaves Nogales, Juan Belmonte, matador de toros, Alianza

domingo, 6 de mayo de 2012

Edgardo Dobry


              
              
                   
            
        

Bien puedes ir en un avión
rodeado todavía de una nube de perfume
mientras tu madre en la casa agoniza.
Tu madre en la punta seca del compás
y el vuelo es el trazo de tiza.
Entonces no te acercas y
agoniza. No tienes la culpa,
eres culpable.


Edgardo Dobry, Cosas, Lumen, 2008

domingo, 29 de abril de 2012

Martin Amis - Experiencia

          
              
            
              
           

La neumonía de Kingsley ha vuelto y no está siendo tratada. Tengo la sensación de que su cuerpo no está exento de alguna fuerza constitucional última, pero está terriblemente confuso. Su cuerpo lucha por quedarse y lucha por partir. Los saquitos de aire de sus pulmones se están llenando de pus. Ha de respirar con mucha más fuerza y rapidez que cuando estaba sano para conseguir el oxígeno que necesita. Cuán duro es morir. Uno ha de obstinarse, jadeante, en ello. El gran sudor de la muerte, dijo el divino poeta, refiriéndose a esa batalla. Aplicamos la perserverancia antigua: mi padre está haciendo lo que siempre hizo. Cuando subía a su estudio en mitad de la noche y mecanografiaba sus íes y oes, sus gaviotas y gaviotas, hacía lo que siempre había hecho. Y ahora trabajaba y trabajaba y trabajaba y trabajaba en su tránsito hacia el acontecimiento supremo.
Se ha dado la vuelta en la cama, y me da la espalda. Me está enseñando cómo se hace. Te das la vuelta, sobre un costado, y te mueres.

Martin Amis, Experiencia, Anagrama, 2001

sábado, 21 de abril de 2012

T. S. Eliot - Little Gidding





(...)

V

Lo que llamamos el comienzo es a menudo el fin
y llegar a un fin es hacer un comienzo.
El fin es de donde arrancamos. Y cada expresión
y frase que sea correcta (donde cada palabra esté en su casa,
ocupando su lugar para apoyar a las demás,
la palabra ni desconfiada ni ostentosa,
un fácil comercio de lo viejo y lo nuevo,
la palabra corriente, exacta sin vulgaridad,
la palabra formal, precisa pero no pedante,
el conjunto completo bailando juntos)
toda expresión y toda frase es un fin y un comienzo,
todo poema es un epitafio. Y cualquier acción
es un paso al tajo, al fuego, por la garganta del mar abajo
o hacia la piedra ilegible: y ahí es donde arrancamos.
Morimos con los agonizantes:
ved, ellos se marchan, y nos vamos con ellos.
Nacemos con los muertos:
ved, ellos vuelven, y nos traen con ellos.
El momento de la rosa y el momento del tejo
son de igual duración. Un pueblo sin historia
no se redime del tiempo, pues la historia es una ordenación
de momentos sin tiempo. Así, mientras la luz cae
en una tarde de invierno, en una capilla apartada
la historia es ahora e Inglaterra.

Con la atracción de este Amor y la voz de esta Llamada

No cesaremos de explorar
y el fin de toda nuestra exploración
será llegar a donde arrancamos
y conocer el lugar por primera vez.
A través de la puerta desconocida, recordada
cuando lo último de la tierra por descubrir
sea lo que era el comienzo;
en la fuente del río más largo
la voz de la cascada escondida
y los niños en el manzano
no conocida, porque no buscada
pero oída, medio oída, en el silencio
entre dos olas del mar.
Deprisa ahora, aquí, ahora, siempre –
una situación de completa sencillez
(costando no menos que todo)
y todo irá bien y toda
clase de cosas irán bien
cuando las lenguas de llamas estén plegadas hacia dentro
en el coronado nudo de fuego
y el fuego y la rosa sean uno.

T.S. Eliot, Little Gidding, en Poesías reunidas, trad. José María Valverde, Alianza

sábado, 31 de marzo de 2012

Saul Bellow - Herzog

              
                
                
              
           

Al hacer un resumen de sí mismo, reconoció que había sido –por dos veces– un mal esposo. A Daisy, su primera esposa, la había tratado miserablemente. Madeline, su segunda mujer, había intentado manejarlo. Para su hijo y su hija era un padre cariñoso pero malo. Y para sus propios padres, fue un hijo desagradecido. Para su país, era un ciudadano indiferente. A sus hermanos y a su hermana los trataba con afecto pero se mantenía muy apartado de ellos. Para sus amigos, era un egoísta. En cuanto al amor, era un perezoso. En cuanto a la brillantez, era un hombre apagado. Ante el poder, pasivo. Y respecto a su propia alma, tomaba una actitud evasiva.
Satisfecho con su propia severidad, disfrutando con la dureza y el rigor de su juicio, yacía en el sofá, con los brazos levantados por detrás y las piernas extendidas sin finalidad.
Y, sin embargo, qué encantadores somos.

Saul Bellow, Herzog, DeBols!llo, 2004

domingo, 25 de marzo de 2012

Manuel Padorno - El viejo galopa desnudo

                        
                     
                      
                      
              

Bajan las bicicletas a la playa
los muchachos desnudos galopan
sobre la firme arena húmeda. Corren
hacia la oscuridad, La Cícer (aire
que huele a leña quemada ahora), corren
hacia la noche. Cierro la ventana
lentamente en el día de oro. Huelo
la hoguera dentro. Pasa el tiempo,
el sol, la tea deslumbrante. Quedo
en el silencio, en el mar todavía.
Debo ajustar ahora, entre tinieblas
lo que me queda por vivir. Ajusto
lo que se ve a lo que no se ve. Tea
quemada ya, humo del sueño, un hombre
viejo que galopa desnudo sobre
la firme arena de la playa líquida
hacia la oscuridad, el aire
florece: pisa el agua.

Manuel Padorno, La palabra iluminada, Cátedra, 2011

domingo, 18 de marzo de 2012

Piedad Bonnett - A lo lejos

             
                 
                 
                


No insistas. Alguien allá a lo lejos está matando el sueño.
Alguien destaza el corazón del tiempo.
Alguien allá a lo lejos acaba con él mismo.


Piedad Bonnett, en http://amediavoz.com/bonnett.htm

domingo, 11 de marzo de 2012

Gustave Flaubert - Bouvard y Péchuchet

               
                 
             
                
            

   Su primer grito fue: "¿Nos retiraremos al campo!". Y a Pécuchet le parecieron muy naturales estas palabras que lo ligaban a la felicidad de su amigo. Pues la unión de los dos hombres era absoluta y profunda.
   Pero como no quería vivir a expensas de Bouvard, no iría antes de jubilarse. ¡Esperar todavía dos años! ¡No importa! Permaneció inflexible y así quedó zanjada la cuestión.
   Para saber dónde se establecerían, pasaron revista a todas las provincias. El Norte era fértil, pero demasiado frío; el Mediodía encantador por el clima, pero incómodo por los mosquitos, y el Centro, francamente, no tenía nada de curioso. Bretaña les había convenido de no ser por el espíritu mojigato de sus habitantes. En cuanto a las regiones del Este, con su jerga germánica, ni pensarlo siquiera. Pero había otros lugares. ¿Qué tal, por ejemplo, Forez, Bugey, Roumois? Los mapas geográficos no decían nada. Por lo demás, lo importante no era el lugar donde estuviera la casa, lo importante era tenerla.
  Ya se veían en mangas de camisa, al borde de un arriate, podando rosales, cavando, binando, trabajando la tierra, trasplantando tulipanes. Se levantarían con el canto de la alondra para seguir los arados, irían con una cesta a recoger manzanas, mirarían hacer la mantequilla, batir el grano, esquilar los corderos, cuidar las colmenas, y se deleitarían con el mugido de las vacas y el olor del heno recién cortado. ¡Fuera la escritura! ¡Fuera los jefes y alquileres que pagar! ¡Tendrían casa propia y comerían con los zuecos puestos los pollos del corral y las legumbres del huerto!
   –¡Haremos todo lo que nos plazca! ¡Nos dejaremos crecer la barba!


Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet, trad. Aurora Bernárdez, Tusquets, 1999.

domingo, 26 de febrero de 2012

Sylvia Plath - Carta de noviembre

          
            
             
            
        
"Soy una escritora de genio; se me ha concedido el don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa" (Sylvia Plath).




CARTA DE NOVIEMBRE

Amor: el mundo
cambia de súbito, cambia de color. El alumbrado de la calle
se astilla en las vainas como colas de rata
del larbuno, a las nueve de la mañana.
Es el Ártico,

ese pequeño círculo
negro, con sus atezadas hierbas sedosas –pelo de niño.
Hay un verde en el aire,
suave, deleitoso.
Con amor me algodona.

Estoy sonrojada y cálida.
Creo que puedo ser enorme:
soy tan estúpidamente feliz,
con mis botas altas
chista que te chista por el rojo bello.

Ésta es mi propiedad.
Dos veces al día
la recorro, olisqueando
el bárbaro acebo, con sus verdes
festones, hierro puro,

y el muro de los viejos cadáveres.
Los amo.
Los amo como a historia.
Las manzanas están doradas;
figúrate:

mis setenta árboles
sosteniendo sus bolas de almagre y oro
en una densa sopa gris letal:
con su millón
de hojas doradas, sin aliento, metálicas.

Oh amor, oh célibe.
Nadie sino yo
huella esta humedad que llega a la cintura.
Los dorados,
insustituibles, sangran y se ahondan: boca de las Termópilas.


LETTER IN NOVEMBER

Love, the world
Suddendly turns, turns colour. The streetlight
Splits through the rat's-tail
Pods of the laburnum at nine in the morning.
It is the Arctic,

This little black
Circle, with its tawn silk grasses –baies' hair.
There is a green in the air,
Soft, delectable.
It cushions me lovingly.

I am flushed and warm.
I think I may be enormous,
I am so stupidly happy,
My Wellingtons
Squelching and squelching through the beatiful red.

Thi is my property.
Two times a day
I pace it, sniffing
The barbarous holly with its viridian
Scallop, pure iron,

And the wall of old corpses.
I love them.
I love them like history.
The apples are golden,
Imagine it–

My seventy trees
Holding their gold-ruddy balls
In a thick grey death-soup,
Their million
Gold leaves metal and breathless.

Oh love, o celibate.
Nobody but me
Walks the waist-high wet.
The irreplaceable
Gold bleed and deepen, the mouths of Thermopylae.


Sylvia Plath, Ariel, trad. Ramón Buenaventura, Hiperión

domingo, 19 de febrero de 2012

Borís Ryzhi

           
              
              
            
            
Rebobina mi vida hacia atrás
y aún más atrás:
voy ebrio a través del jardín,
otoño, caen las hojas.

Y yo andando: la estatua de la chica del remo
a mi izquierda, y la del peso
a mi derecha, se detuvo el tiempo y persiste,
mientras, el follaje vuela.

Todas las atracciones cerradas,
no hay nadie alrededor,
sólo se oye, en la lejanía
un amigo-altavoz.

No hay quien diablos entienda qué canta,
lo que ha cantado siempre:
que el amor pasará, y pasará la vida,
que volarán los años.

En mi vejez más tardía
regresaré algún día,
miraré hacia el cielo, y luego
andaré entre la hojarasca.

Que el amor pasará, y pasará la vida,
entonaré lánguido,
no me acordaré de nadie, viejo diablo,
al borde del abismo.

Borís Ryzhi, La hora de Rusia. Poesía contemporánea, Maria Ignátieva, Visor.

sábado, 11 de febrero de 2012

John Donne - El amanecer

      
            
          
           
         
Viejo afanoso, tonto, Sol inquieto,
¿Por qué entre las ventanas
y las cortinas nos visitas?
Las estaciones de los amantes ¿deben seguir tus movimientos?
Infeliz, pedante, descarado, ve y riñe
a escolares rezagados, a avinagrados aprendices;
ve y di a los cazadores de la Corte que el rey cabalgará;
convoca a las hormigas campesinas a tareas de cosecha.
El amor, siempre igual, no conoce estaciones, clima,
horas, días, meses, harapos tan sólo del tiempo.
Tus rayos, tan dignos de reverencia y poderosos
¿por qué ibas a creerlos?
Podría eclipsarlos y nublarlos con un guiño,
no quisiera yo tan largo plazo estar sin verla.
Si sus ojos los tuyos no han cegado,
mira, y mañana por la tarde, dime
si ambas Indias, la de especias, la de minas,
yacen donde las dejaste, o a mi lado.
Pregunta por los reyes que ayer viste,
y oirás decir: "Todos auí, en un lecho, yacen."
Ella es todos los Estados; yo, todos los Príncipes.
Nada más es.
Los príncipes nos imitan. Comprado con esto,
todo el honor es fingido; toda riqueza, oropel.
Tú, Sol, eres la mitad de feliz que nosotros
al cotraerse así el mundo.
Tu edad pide descanso, y, pues que tu deber es
calentar el mundo, eso, al calentarnos, está hecho.
Brilla aquí para nosotros y estarás en todas partes.
Esta cama es tu centro; estos muros, tu esfera.


THE SUN RISING

Busy old fool, unruly Sun,
Why dost thou thus,
Through windows, and through curtains, call on us?
Must to thy motions lovers' seasons run?
Saucy pedantic wretch, go chide
Late schoolboys, and sour prentices,
Go tell court-huntsmen that the King will ride,
Call country ants to harvest offices;
Love, all alike, no season knows, nor clime,
Nor hours, days, months, wich are ar the rags of time.
Thy beams, so reverend and strong
Why shouldst thou think?
I could eclipse and cloud them with a wink,
But that I would not lose her sight so long:
If her eyes have not blinded thine,
Look, and tomorrow late, tell me
Whether both Indias, of spice, and mine,
Be where thou leftst them, or lie here with me.
Ask for those Kings whom thou saw'st yesterday
And thou shalt hear: "All here in one bed lay."
She is all States, and all Princes I,
Nothing else is:
Princes do but play us; compar'd to this,
All honour's mimic, all wealth alchemy.
Thou, sun, art half as happy as we,
In that the world's contracted thus;
Thine age asks ease, and since thy duties be
To warm the world, that's done in warming us.
Shine here to us, and thou arth everywhere;
This bed thy centre is, these walls, thy sphere.

John Donne, en Mil años de poesía europea, Francisco Rico, trad. Purificación Ribes

sábado, 4 de febrero de 2012

Wislawa Szymborska - Un relato empezado

                
             
                
                   
Para el nacimiento de un niño
el mundo nunca está preparado.

Nuestras naves no han regresado de Vinlandia.
El paso de San Gotardo está por cruzar.
Habrá que burlar la guardia del desierto de Thor,
abrir camino hasta el centro de Varsovia por las alcantarillas,
buscar acceso al rey Haraldo el Pella
y esperar la caída del ministro Fouché.
Sólo en Acapulco
volveremos a empezar.

Se nos ha agotado la reserva de vendajes,
de fósforos, argumentos, prensas hidráulicas y agua.
No tenemos camiones ni el apoyo de los Ming.
Con este jamelgo no sobornaremos al sheriff.
Por ahora, sin noticias de los cautivos del Khan.
Nos urge una nueva cueva más cálida para el invierno
y alguien que conozca la lengua harari.

No sabemos quién en Nínive es de confianza,
qué condiciones propondrá el cardenal duque,
qué nombres yacen aún en el cajón de Beria.
Dicen que Carlos Martel atacará  mañana.
Así las cosas, aplaquemos a Kéops,
alistémonos voluntarios,
cambiemos de religión,
finjamos ser los amigos del dux
y no tener relación alguna con la tribu de Kwabe.

Se acerca la hora de encender las fogatas.
Mandemos aviso telegráfico a la abuela de Zabierzów.
Desanudemos las correas de la yurta.

Ojalá el parto sea fácil
y el niño crezca sano.
Que sea a veces feliz
y salve a saltos los abismos.
Que su corazón tenga aguante
y su mente vigile y alcance a ver lejos.

Pero no tan lejos
como para ver el futuro.
Ahorradle este don, poderes celestiales.

Wislawa Szymborska, Paisaje con grano de arena, trad. Ana María Moix, Lumen, 2009

sábado, 28 de enero de 2012

Eugenio Trías

                   
                
                   
                 
(...) Pues quizás, como dice el poeta Rilke, "los animales no ven la muerte. Sólo nosotros la vemos".
Quizás el pensamiento, y el lenguaje en el cual éste se expresa y se comunica, si es que puede disociarse pensamiento y lenguaje, tienen su casa natal en la muerte: la evidencia de ésta da lugar quizás a la reflexión, y a la comunicación o expresión de ésta en palabras, en signos, en escritura. Siendo el previsible fin de nuestras vidas, es, quizás también, el origen de aquello que a éstas acompaña: el pensamiento, el lenguaje, el cual introduce en nosotros y en nuestro entorno la pretensión del sentido al dotar a las cosas de significación. Quizás la muerte, límite final en el cual parece abismarse toda significación, sea también lo que despierta en nostros ese inquieto afán por dotar al mundo, a las cosas, a nosotros mismo de sentido.

(...) Lo característico de nuestro destino occidental consiste, al decir de Hölderlin, en que hemos aprendido a "captarnos a nosotros mismo", y en que esa formación de la subjetividad constituye nuestro patrimonio. Dominamos el mundo desde la subjetividad, pero, en compensación, somos incapaces de "captar algo", es decir, de abrirnos a la comprensión de aquello que proviene de fuera de la subjetividad, de aquellos mensajes, signos, señales o portentos que proceden del "fuego del cielo" y que no pueden ser anticipados, previstos ni programados por nuestro dominio subjetivo del mundo.
Por el contrario, los antiguos, los orientales, y los mismo griegos, que procedían de Oriente, estaban sobre todo familiarizados con esos signos procedentes del "fuego del cielo", mientras que su debilidad radicaba en que no habían aprendido aún a "captarse a sí mismos".

Eugenio Trías, Diccionario del  Espíritu, Planeta, 1996

sábado, 21 de enero de 2012

Matsuo Basho

               
                         
                        
                        
                 

No lo olvides:
caminamos por el infierno,
contemplando flores.

Matsuo Basho, Haiku de las cuatro estaciones, trad. Francisco Villalba,

sábado, 31 de diciembre de 2011

Louise Glück - Maitines

                   
                                  
                                 
                           
                           

¿Quieres saber cómo paso mi tiempo?
Camino por el prado de enfrente, fingiendo
deshierbar. Deberías saberlo,
jamás deshierbo de rodillas, ni arranco
manojos de tréboles: en realidad, espero
algo de coraje, alguna evidencia
de que mi vida cambiará, aunque
me lleve siglos buscar
en cada manojo la simbólica
hoja. Pronto acabará el verano, ya
las hojas empiezan a cambiar, las de los árboles
enfermos van primero, la muerte las transforma
en un brillante amarillo, y un puñado de aves oscuras
anuncian su toque de queda musical.
¿Quieres ver mis manos? Tan vacías
como en la nota primera.
¿O se trataba tan sólo de seguir adelante
siempre, sin ninguna señal?



MATINS




You want to know how I spend my time?
I walk the front lawn, pretending
to be weeding. You ought to know
I'm never weeding, on my knees, pulling
clumps of clover from the flower beds: in fact
I'm looking for courage, for some evidence
my life will change, though
i takes forever, checking
cach clump for the symbolic
leaf, and soon the summer is ending, already
the leaves turning, always the sick trees
going first, the dying turning
brilliant yellow, while a few dark birds perform
their curfew of music. You want to see my hands?
As empty now as at the first note.
Or was the point always
to continue without a sing?



Louise Glück, El iris salvaje, trad. Eduardo Chirinos, Pre-Textos, 2006

lunes, 26 de diciembre de 2011

Rafael Pérez Estrada - Poética

                                                      
                              
                         
                         

Escribir o levitar.
    El poema es sólo el espejismo del poema que soñamos.
    Hondo, al final de la llaga está el poema.

Rafael Pérez Estrada, de Un plural infinito. Antología poética, Vandalia, 2011

domingo, 18 de diciembre de 2011

Saint-John Perse

                     
              
                   
            
             

X


Para desembarcar a los bueyes y a los mulos
se les tira al agua por encima de la borda, dioses vaciados en oro y frotados con resina,
¡El agua los acoge! ¡Los hace brotar!
Y nosotros esperamos en el muelle a manera de antorchas, mientras mantenemos los ojos clavados en la estrella de sus frentes —todo un pueble necesitado, vestido de su brillo, y sobrio.


Saint-John Perse, Pájaros y otros poemas, trad. Manuel Álvarez Ortega, Visor, 1996

sábado, 10 de diciembre de 2011

Himno de la Perla

                 
                       
                      
                     
                       

"Si bajas a Egipto y consigues traer la perla única, la que está en medio del mar, cerca de la serpiente silbadora, [entonces] vestirás de nuevo tu túnica brillante y la toga que cae por encima de ella, y con tu hermano, nuestro segundo [en autoridad], serás el heredero de nuestro reino". (...)


"¡Despierta y levántate de tu sueño, y atiende a las palabras de nuestra carta! ¡Recuerda que eres hijo de reyes! ¡Mira la esclavitud, [mira] al que tú sirves! Recuerda la perla por la que has viajado a Egipto". (...)


Himno de la Perla, trad. y notas de Juan J. Alarcón Sainz y Pablo A. Torijano, Universidad Complutense, Madrid

viernes, 18 de noviembre de 2011

Charles Wright

                      
                  
                 
                 
            

¿Cuáles son los momentos determinantes de nuestras vidas?                                 
                                                          ¿Cómo reconocerlos?
¿Son el término de las cosas o son el principio?
¿Seguimos siendo más o menos los mismos luego de que
han llegado y se han ido?

Siento que uno de esos momentos está hoy aquí,
La luna de Turquía y su única estrella
                                                     flameante como bandera
Sobre la avenida de mi barrio y sus negros basureros
oscureciendo la curva.

De seguro uno está aquí. ¿Pero qué será de mí luego
Que la luna y su consorte sanguínea
Hayan atravesado el horizonte? ¿Qué será de mí entonces?




What are the determining moments of our lives?
                                                How do we know them?
Are they ends of things or beginnings?
Are we more or less of ourselves once they've come and gone?

I think this is one of mine tonight,
The Turkish moon and its one star
                                                   crips as a new flag
Over my hometown street whit its dark trash cans
looming along the curb.

Surely this must be one. And what of me afterwards
When the moon and her sanguine consort
Have slipped the horizon? What will become of me then?

Charles Wright, de Apologia pro vita sua, Zodiaco negro, trad. Jeannette L. Clariond, Pre-Textos

sábado, 12 de noviembre de 2011

sábado, 29 de octubre de 2011

Julian Barnes - Nada que temer

                  
                      
                           
                      
                    

Hace unos años, traduje el cuaderno que Alphonse Daudet empezó a escribir cuando comprendió que su sífilis había llegado a la fase terciaria y le causaría una muerte inevitable. En un momento del texto empieza a despedirse de los seres queridos: "Adiós, mujer, hijos, familia, amores de mi corazón..." Y luego añade: "Adiós a mí, a mi preciado yo, ahora tan brumoso, tan indefinido." Me pregunto si podemos de algún modo despedirnos de antemano de nosotros mismos. ¿Perdemos, o al menos decrece, este fuerte sentido de peculiaridad hasta que queda menos de él que la desaparición, menos que la añoranza? La paradoja consiste, por supuesto, en que este "yo" es el que se encarga de hacerse más pequeño. Del mismo modo que el cerebro es el único instrumento que tenemos para investigar el funcionamiento del cerebro. Del mismo modo que la teoría de la muerte del autor fue inevitablemente proclamada por... un autor.
Perder, o al menos reducir, el "yo". Surgen dos estratagemas. Primera, preguntar cuánto, en la escala de cosas, vale el "yo". ¿Por qué necesitaría el universo que continuara su existencia? A este "yo" ya se le han otorgado varios decenios de vida, y en la mayoría de los casos se reproducirá; ¿cómo puede tener suficiente importancia para justificar la concesión de más años? Además, pensemos en lo aburrido que ese "yo" llegaría a ser, para mí y para los demás, si continuase viviendo indefinidamente (véase Bernard Shaw, autor de Volviendo a Matusalén; también al Bernard Shaw viejo, su pose incorregible, su autobombo tedioso).   Segunda estratagema: ver la muerte de mi "yo" a través de ojos ajenos. No los de quienes te llorarán y echarán de menos, ni los de quienes al enterarse de tu muerte alzarán una copa momentánea; ni tampoco de los que quizá digan "¡Bien!" o "La verdad es que nunca le aprecié" o "Enormemente sobrevalorado". Más bien, ver la muerte de mi "yo" desde el punto de vista de quienes nunca han sabido nada de mí, que es, al fin y al cabo, casi todo el mundo. Un desconocido muere: no muchos le lloran. Es nuestra necrológica segura a los ojos del resto del mundo. Entonces, ¿quienes somos para satisfacer nuestro egotismo y armar tanto jaleo?


Tal sabiduría invernal puede convencer brevemente. Casi me convencí a mí mismo cuando estaba escribiendo el párrafo anterior. Con la salvedad de que la indiferencia del mundo rara vez ha reducido el egotismo de alguien. Con la salvedad de que el juicio del universo sobre lo que valemos rara vez coincide con el nuestro. Con la salvedad de que nos resulta difícil creer que, si siguiéramos viviendo, aburriríamos a los demás y a nosotros mismos (hay tantas lenguas extranjeras e instrumentos musicales que aprender, tantos oficios que probar y países donde vivir y personas que amar, y después podremos recurrir al tanto, el langlauf y el arte de la acuarela...). Y la otra pega es que simplemente pensar en tu propia individualidad, cuya pérdidas lamentas de antemano, significa reforzar el sentido de dicha individualidad; el proceso consiste en excavarte un agujero aún más grande que a la larga se convertirá en tu tumba. El arte mismo que practico también se opone a la idea de un adiós sereno a un yo disminuido. Sea cual sea la estética del autor -desde subjetiva y autobiográfica hasta objetiva y ocultadora del autor-, hay que fortalecer y definir el ego para producir la obra. Por tanto, se podría decir que escribiendo esta frase me estoy poniendo un poco más cuesta arriba el hecho de morir.


Julian Barnes, Nada que temer, trad. Jaime Zulaika, Anagrama, 2010

sábado, 22 de octubre de 2011

Louise Glück - El iris salvaje

           
                    
                   
                   

Al final del sufrimiento
me esperaba una puerta.

Escúchame bien: lo que llamas muerte
lo recuerdo.

Allá arriba, ruidos, ramas de un pino vacilante.
Y luego nada. El débil sol
temblando sobre la seca superficie.

Terrible sobrevivir
como conciencia,
sepultada en tierra oscura.

Luego todo se acaba: aquello que temías,
ser un alma y no poder hablar,
terminar abruptamente. La tierra rígida
se inclina un poco, y lo que tomé por aves
se hunde como flechas en bajos arbustos.

Tú que no recuerdas
el paso de otro mundo, te digo
podría volver  a hablar: lo que vuelve
del olvido vuelve
para encontrar una voz:

del centro de mi vida brotó
un fresco manantial, sombras azules
y profundas en celeste aguamarina.



The wild iris

At the end of my suffering
there was a door.

Hear me out: that which you call death
I remember.

Overhead, noises, branches of the pine shifting.
Then nothing. The weak sun
flickered over the dry suface.

It is terrible to survive
as consciousness,
buried in the dark earth.

Then it was over: that which you fear, being
a soul and unable,
to speak, ending abruptly, the stiff earth
bending a little. And what I took to be
birds darting in low shrubs.

You who do not remember
passsage from the other world
I tell you I could speak again: whatever
returns from oblivion returns
to find a voice:

from the center of my life came
a great fountain, deep blue
shadonws on azure seawater.

Louise Glück, El iris salvaje, trad. Eduardo Chirinos, Pre-Textos

sábado, 15 de octubre de 2011

William Shakespeare - A vuestro gusto

                          
                              
                              
                               

CORIN. Y ¿cómo halláis vos esta vida pastoril, maestre Touchstone?
TOUCHSTONE. A decir verdad, pastor, considerada en sí, es buena vida; pero mirando como vida de pastores, no vale nada. Por lo solitaria, me gusta mucho; pero, como retiro, es detestable. Ahora, por lo campestre me encanta, aunque, por alejada de la corte, me es tediosa. En cuanto a frugal, ya lo veis, se aviene con mi humor; empero, por excluir la abundancia, no se compagina con mi estómago. ¿Entiendes de filosofías, pastor?
CORIN. Todo lo que sé es que cuando más enferma el hombre, tanto peor se siente, y que al que le falta dinero, recursos y satisfacción, está privado de tres buenos amigos; que la lluvia tiene la propiedad de mojar, y el fuego la de quemar; que el buen pasto engorda al carnero y que una de las principales causas de la noche es al ausencia de sol; que el que no ha adquirido entendimiento, ya por naturaleza o bien por  arte, puede dolerse de no haber recibido una buena educación o de descender de padres muy estúpidos.
TOUCHSTONE. Un hombre así es un filósofo natural. ¿Has estado alguna vez en la corte, pastor?


William Shakespeare, A vuestro gusto, Obras completas, trad. Luis Astrana Marín, Aguilar, 2004

sábado, 8 de octubre de 2011

René Char - Di...

          
                    
                 
                    
             

DI


Di lo que el fuego duda en decir,
Sol del aire, claridad que osa,
Y muere de haberlo dicho para todos.





DIS...


Dis ce que le feu hésite à dire
Soleil de l'air, clarté qui ose,
Et meurs de l'avoir dit pour tous.


René Char, Furor y misterio, trad. Jorge Riechmann, Visor, 2002  

sábado, 1 de octubre de 2011

Milorad Pavic - Diccionario jázaro

                                 
                              
                                     
                                  
                                    

CAZADORES DE SUEÑOS - Secta de sacerdotes jázaros cuya protectora era la princesa Ateh. Eran capaces de leer los sueños de los demás, habitarlos como si estuvieran en su propia casa y, recorriéndolos, cazar la presa indicada: un hombre, un objeto o un animal. Se ha conservado el escrito de uno de los más antiguos cazadores de sueños, que dice: "Estamos en los sueños como peces en el agua. De vez en cuando salimos de los sueños, rozamos con la mirada a la gente que recorre las orillas, pero enseguida volvemos a sumergirnos agitados, ya que sólo en las profundidades nos sentimos bien. En los breves instantes de estas emersiones advertimos en tierra firme un extraño ser, más lento que nosotros, acostumbrado a respirar de manera distinta de la nuestra y pegado a aquella tierra firme con todo su peso, y además privado del placer en el que nosotros vivimos como si fuese nuestro propio cuerpo. Porque aquí abajo placer y cuerpo son inseparables, son una misma cosa. También ese individuo que vive fuera es nosotros, pero dentro de un millón de años, y entre nosotros y él, además de los años, hay la terrible desgracia que ha separado el cuerpo del placer..."
Uno de los más célebres lectores de sueños se llamaba, según la leyenda, Muqaddasi al Safer. Él alcanzó a penetrar en la más abisal profundidad del misterio, llegó a domesticar peces en los sueños de los otros, a abrir puertas, a nadar a una profundidad nunca antes alcanzada por nadie, hasta llegar a Dios, pues en el fondo de todo sueño se encuentra Dios. Y justo en ese momento le sucedió que nunca más pudo leer los sueños. Durante mucho tiempo pensó que había alcanzado la cúspide y que era imposible ir más allá en esa práctica mística. Para quien descubre que ha llegado al final del camino, éste se vuelve inútil y de hecho se niega. (...)

Milorad Pavic, Diccionario jázaro, Anagrama, 1989

sábado, 24 de septiembre de 2011

Harry Martinson - Debes consolarte...

                                        
                        
                               
                               
                                  
Finalmente debes consolarte con el hecho de que la extensión de los hielos aumenta.
Que los jubilosos fuegos artificiales en su superficie son ocasionales,
que el ponche con clavo cordialmente caliente
no calienta demasiado en el poderoso Ártico.
Debes alegrate de este duro conocimiento conseguido entre témpanos de hielo.
Alégrate finalmente de no ser ciego.

Harry Martinson, Entre luz y oscuridad, trad. Francisco J. Uriz, Nórdica, 2009

sábado, 17 de septiembre de 2011

Manuel Vilas - Amor

                                  
                                       
                                                        
                                           
                                                           

Una mañana Manuel Vilas sacó todo su dinero de los bancos.

Fue a las cajas de ahorro, fue a las compañías de seguros,
vendió su coche, anuló su plan de pensiones,
se lo llevó todo en efectivo, un buen fajo de billetes calientes.

Qué bien, dijo, qué fuerte,
y todos los empleados y los directores querían disuadirle
pero Vilas tenía unas ganas infinitas de pasarlo bien.

Y luego se fue a ver enfermos,
a ver emigrantes, incluso se fue a las cárceles.

Quería ser un santo espectacular, tenía esa marcha,
tenía esa gran ilusión.
Quería ser Cristo, Lenin, San Pablo,
quería ir más allá del orden, de la naturaleza y de la vida.

Recorrió la ciudad de Zaragoza repartiendo dinero.
En Conde de Arnada, dio mil euros a tres árabes,
que le besaron los pies, y las manos, y se arrodillaron.

En el barrio de Delicias, en la calle Barcelona,
dio trescientos euros a una negra africana,
y ella quería comerle el sexo al buen Vilas,
pero Vilas dijo "no, nena, hoy soy un santo,
hoy son San Vilas,
consérvate para tu marido, él te necesita,
y yo os bendigo; anda, nena, ve en paz".

Y Vilas se echó a reír.

Fuego, qué fuego más grande,
y siguió repartiendo,  a una vieja china
de un todo a cien le dio seiscientos euros,
y la vieja le hizo una foto de diez millones de megapisels
y la amplió y la enmarcó y la colgó
en mitad de su tienda con dos velas debajo.
A un vendedor de La Farola, ese periódico
de los pobres, le dio ochocientos euros.
Y el vendedor se echó a llorar y ardía
como una vela en mitad de las catedrales antiguas.

Vilas quería ser un santo, tenía esa marcha.

Toda la mañana y toda la tarde estuvo quemando su dinero.

Miró la atmósfera y se estaban abriendo los palacios celestiales.

Estaba enamorado de sus semejantes.

Nunca vimos a nadie tan enamorado.


Manuel Vilas, Amor. Poesía reunida, 1988-2010, Visor, 2010