sábado, 3 de septiembre de 2011

La belle dame sans merci - John Keats - J. W. Waterhouse - J. E. Cirlot - F. J. Schaffner



Ballad
I.






O WHAT can ail thee, knight-at-arms,


Alone and palely loitering?


The sedge has wither’d from the lake,


And no birds sing.






II.






O what can ail thee, knight-at-arms!


So haggard and so woe-begone?


The squirrel’s granary is full,


And the harvest’s done.






III.






I see a lily on thy brow


With anguish moist and fever dew, 


And on thy cheeks a fading rose


Fast withereth too.






IV.






I met a lady in the meads,


Full beautiful—a faery’s child,


Her hair was long, her foot was light, 


And her eyes were wild.






V.






I made a garland for her head,


And bracelets too, and fragrant zone;


She look’d at me as she did love,


And made sweet moan. 






VI.






I set her on my pacing steed,


And nothing else saw all day long,


For sidelong would she bend, and sing


A faery’s song.






VII.






She found me roots of relish sweet,


And honey wild, and manna dew,


And sure in language strange she said—


“I love thee true.”






VIII.






She took me to her elfin grot,


And there she wept, and sigh’d fill sore, 


And there I shut her wild wild eyes


With kisses four.






IX.






And there she lulled me asleep,


And there I dream’d—Ah! woe betide!


The latest dream I ever dream’d 


On the cold hill’s side.






X.






I saw pale kings and princes too,


Pale warriors, death-pale were they all;


They cried—“La Belle Dame sans Merci


Hath thee in thrall!”






XI.






I saw their starved lips in the gloam,


With horrid warning gaped wide,


And I awoke and found me here,


On the cold hill’s side.






XII.






And this is why I sojourn here,


Alone and palely loitering,


Though the sedge is wither’d from the lake,


And no birds sing.







I





¿De qué adoleces, caballero,
tan solo y pálido vagando?
Del lago el junco se ha secado,
y no cantan los pájaros.






II




¿De qué adoleces, caballero,
desmejorado y miserable?
La ardilla ha llenado su granero,
se ha dado la cosecha.






III






Un lirio veo sobre tu frente
de helada angustia y fiebre en vaho,
y en tus mejillas una rosa
también se ha marchitado.






IV






Traté a una dama en la pradera,
hermosa y bella – un hada niña.
De pelo largo y pies ligeros,
salvaje la mirada.






V






Tejí guirnaldas en su frente,
pulsera y cinto perfumados.
Y me miró cual si me amara,
gimiendo dulcemente.






VI






En mi corcel la hube sentado,
y en todo el día no vi más nada.
Pues de soslayo ella entonó,
una canción de hadas.




VII





Halló por mí raíces dulces,
y miel silvestre y maná fresco.
Y en una extraña lengua dijo:
“En verdad que te amo.”






VIII






Y me llevó a su cueva de elfos,
cayó en lamentos y sollozos.
Y yo cerré sus fieros ojos,
con abundantes besos.






IX






Y me arrulló hasta que dormí,
y ahí soñé lo más horrible
que haya soñado alguna vez,
en esta fría ladera.






X






Vi Reyes pálidos, Princesas,
Guerreros: todos cadavéricos,
gemían: “la bella dama sin
piedad te tiene preso.”






XI






Hambrientos labios en las sombras,
me dieron su hórrida advertencia.
Y desperté: me encontré aquí,
en esta fría ladera.






XII






He ahí el porqué aquí permanezco,
tan solo y pálido vagando.
Si bien del lago el junco se ha secado,
y no cantan los pájaros.



John Keats, La belle dame sans merci, trad. Milton Medellín, aquí


La belle dame sans merci, John William Waterhouse



Es mi espada del año mil que llora,
no yo.

Mi corazón es blanco y no se queja.



Juan Eduardo Cirlot, Obra poética, Ciclo de Bronwyn, Cátedra, 1997




The war lord (1965), Franklin J. Schaffner





domingo, 28 de agosto de 2011

Czeslaw Milosz - No más

                         
                                   
                                     
                                     
                                 
Alguna vez debería decir cómo he cambiado
De opinión sobre la poesía y cómo es
Que hoy día me consedere uno de tantos
Mercaderes y artesanos del Imperio del Japón
Que componen poemas sobre los cerezos en flor,
Los crisantemos y sobre la luna llena.

Si pudiera describir cómo las cortesanas
Venecianas en el patio encrespan a los pavos reales
Con una vara y liberar de la tela sedosa, del cinto
Perlado sus pesados pechos, la marca rojiza
En sus vientres por los broches de los vestidos,
Así como lo vio al menos el comandante de los galeones
Que llegaron aquella mañana con cargamentos de oro;
Y si pudiera encerrar también sus pobres huesos, sepultados
En el cementerio donde el grasiento mar lame la puerta,
En una palabra más fuerte que el último peine
Que espera a la luz, solo, pudriéndose bajo la losa,

Entonces no dudaría. De una materia resistente
¿Qué sepuede obtener? Nada, como mucho la belleza.
Y entonces nos debería bastar los cerezos en flor
Y los crisantemos, y la luna llena.

Czeslaw Milosz, Tierra inalcanzable. Antología poética, trad. Xavier Farré, Galaxia Gutenberg

sábado, 20 de agosto de 2011

Juan Eduardo Cirlot

                                        
                                  
                                                              
                                                                
                                                                  

Mi cabeza no humana se asoma a la ventana;
con ojos de dragón veo pasar los hombres,
con boca de volcán asisto a un resplandor de crepúsculo,
con manos minerales y cuerpo de cristal retorcido
estoy en una casa humana.

Juan Eduardo Cirlot, Del no mundo, Siruela, 2008

domingo, 14 de agosto de 2011

El triunfo de la muerte - Brueghel - Ensayos - Montaigne



El triunfo de la muerte, Pieter Brueghel el Viejo



(...) Pero aún hay más. La propia naturaleza nos da la mano para animarnos. Cuando se trata de una muerte rápida y violenta, nos falta tiempo para temerla; si es más larga, advierto que a medida que avanza la enfermedad, desdeño más la vida. Encuentro que esta clase de pensamientos deben tenerse cuando nos sentimos llenos de salud, mejor que cuando nos domina la fiebre. Puesto que así veo la muerte con menos horror, y espero que cuanto más viejo sea, más me resignaré a no disfrutar de la vida, haciéndome la correspondiente composición de lugar. En muchas circunstancias he tenido ocasión de experimentar la dicho por César, cuando afirmaba que las cosas nos parecen más grandes de lejos que de cerca y, por tanto, en plena salud, he tenido más miedo a las enfermedades pensando en ellas que sufriéndolas. La alegría que me domina, el placer y la salud, me muestran lo contrario tan desproporcionado, que mi fantasía multiplica por lo menos el mal, el cual encuentro cosa más grave cuando me siento malo que cuando lo tengo sobre mis espaldas.

Michel de Montaigne, Ensayos, Edaf

martes, 9 de agosto de 2011

Chrétien de Troyes - El cuento del grial

                                                                               
                                                                          
                                                                                    
                                                                                   
                                                                                           


(...)
-Sabed, pues, que habéis procedido muy mal. ¿Y visteis el grial?
-Sí, muy bien.
-¿Y quién lo llevaba?
-Una doncella.
-¿Y de dónde venía?
-De una cámara.
-¿Iba alguien delante del grial?
-Sí.
-¿Quién?
-Sólo dos pajes.
-¿Y qué llevaban en las manos?
-Candelabros llenos de candelas.
-¿Y quién venía después del grial?
-Otra doncella.
-¿Y qué llevaba?
-Un pequeño plato de plata.
-¿Preguntasteis a la gente adónde iban de este modo?
-Nunca me salió de mi boca.
-Peor que peor, válgame Dios. ¿Cómo os llamáis, amigo?

Y él, que no sabía su nombre, lo adivina y dice que se llamaba Perceval el Galés, y no sabe si dice verdad o no; pero decía la verdad, y no lo sabía. Y cuando la doncella lo oyó, se puso en pie ante él y le dijo como encolerizada:

-Tu nombre ha cambiado, buen amigo.

Chrétien de Troyes, Li contes del graal, por Martín de Riquer, El Acantilado,2003

sábado, 6 de agosto de 2011

Anacreonte

                                
                                              
                                                    
                                                
                                                  

Cruzo sobre invisibles arrecifes.




Anacreonte, Líricos griegos arcaicos, Juan Ferraté, Seix Barral, 1968

sábado, 30 de julio de 2011

Louise Labé - Soneto

                                                            
                                                                                   
                                                               
                                                                            
                                                                    

Venus clara que vagas por los cielos,
oye mi voz que va a cantar en llantos
mientras tu rostro luzca allá en lo alto
sus dolientes fatigas y desvelos.

Mis ojos, en vigilia, se harán tiernos,
al verte el llanto suyo harán más largo
y aún más empaparán mi lecho blando
al saberte testigo de sus duelos.

De los humanos las cansadas almas
toman reposo y toman sueño dulce.
Mi mal soporto en tanto el sol reluce.

Mas cuando me hallo toda destrozada
y ya sin fuerzas voy hasta la alcoba
mi mal me hace gritar la noche toda.



Clere Venus, qui erres par le Cieus,
Entens ma voix qui en pleins chantera,
Tant que ta face au haut du Ciel luira,
Son long travail et souce ennuieus.

Mon oeil veillant s'atendrira bien mieus,
Et plus de pleurs te voyant gettera.
Mieus mon lit mol de larmes baignera,
De ses travaus voyant témoins tes yeus.

Donq des humains sont les lassez esprits
De dous repos et de sommeil espris.
J'endure mal tant que le Soleil luit:

Et quand je suis quasi toute cassee,
Et que me suis mise en mon lit lassee,
Crier me faut mon mal toute la nuit.


Louise Labé, Sonetos y elegías, trad. Aurora Luque, Acantilado, 2011

sábado, 23 de julio de 2011

Don DeLillo - Submundo

                                                                                                           
                                                                                                
                                                                                                  

     Lockman se dispone a golpear ligeramente la bola.
     En la grada superior hay un hombre que se dedica a hojear un ejemplar del último número de Life. En la calle Doce de Brooklyn hay un hombre que ha conectado un magnetófono a su radio para poder grabar la voz de Russ Hodges mientras retransmite el partido. El hombre ignora por qué lo hace. Se trata simplemente de un impulso, de un capricho, es como asistir dos veces al mismo partido, es como ser joven y ser viejo, pero terminará siendo la única grabación conocida de la célebre crónica que haga Russ de los momentos finales del partido. Del partido y de sus prolongaciones. La mujer que cuece el repollo. El hombre que desearía abandonar la bebida. Unos y otros, representan el alma más remota del partido. Vinculados por la voz pulsante de la radio, conectados al boca a boca que recita el tanteo por la calle y a los hinchas que llaman a un número especial y a la multitud del estadio, convertida en imagen de televisión, personas del tamaño de medianos de arroz, y el partido en forma de rumor y conjetura e historia local. Hay en el Bronx un chaval de dieciséis años que se lleva la radio a la azotea del edificio para poder escucharlo a solas, un hincha de los Dodgers tendido bajo el crepúsculo que recoge el relato del golpe fallido y de la pelota que asegura la carrera del empate y que alza la mirada sobre los tejados, sobre esas playas de alquitrán, con sus tendederos y sus palomares y sus áticos esparcidos, y siente un escalofrío. El partido no cambia tu modo de dormir o de lavarte la cara o de masticar tus alimentos. Cambia nada menos que tu vida.

Don DeLillo, Submundo, Circe Ediciones, 2000



sábado, 16 de julio de 2011

Enrique Vila-Matas - Dietario voluble

                                                                                                                      
                                                                                                                   
                                                                                                                               
                                                                                                                                                
                                                                                                                                                     

¿Quién tiene el bastón de Artaud? Cuando me preguntan por un supremo signo o imagen de la locura siempre pienso en ese bastón al que su dueño le hizo poner una puntera de hierro con la que golpeaba violentamente los adoquines de París para sacar chispas con él. Estaba el bastón cubierto de nudos y tenía doscientos millones de fibras y marqueterías de signos mágicos. Y Artaud le sacaba chispas porque decía que el bastón llevaba en el noveno nudo el signo mágico del rayo y que el número nueve siempre fue la cifra de la destrucción a través del fuego. Artaud perdió ese bastón (que le regaló René Thomas) en su extraño viaje a Irlanda, lo perdió tras una reyerta frente al Jesuit College de Dublín. ¿Quién tiene el Santo Grial de la locura? ¿Quién se quedó con el bastón de Artaud? Me gustaría escribir una novela en la que alguien viaja a Dublín para investigar el paradero del bastón de Artaud. ¿Quién tiene, señores, el bastón de Artaud, ese bastón que es el eje central de la locura en Occidente?

Enrique Vila-Matas, Dietario voluble, Anagrama, 2008

sábado, 9 de julio de 2011

Feria rural - Charles Simic

                                                           
                                                                
                                                                   
                                                                            
                                                                                  

A Hayden Carruth

No os lamentéis por haberos perdido
al perro de seis patas. Nosotros lo hemos visto
y se pasa casi todo el tiempo tirado en el suelo.
En cuanto a lo de sus patas de más,

te acostumbras en seguida
y acabas pensando en otras cosas,
tipo qué noche tan fría y siniestra
para venir a la feria.

Su amo arrojó un palo a lo lejos
y el perrro salió corriendo tras él.
Corría con cuatro patas y las otras dos le colgaban,
y una chica se reía muchísimo de eso.

Estaba borracha, y también lo estaba el hombrre
que le besaba el cuello sin parar.
El perro volvió con el palo y se quedó mirándonos.
Y ese era todo el espectáculo.


for Hayden Carruth

If you didn't see the six-legged dog,
It doesn't matter.
We did and he mostly lay in the corner.
As for the extra legs,

One got used to them quickly
And thought of other things.
Like, what a cold, dark night
To be out at the fair.

Then the keeper threw a stick
And the dog went after it
On four legs, the other two flapping behind,
Wich made one girl shriek with laughter.

She was drunk and so was the man
Who kept kissing her neck.
The dog got the stick and looked back at us.
And that was the whole show.

Charles Simic, La voz a las tres de la madrugada, trad. Martín López-Vega, DVD Ediciones, 2009

sábado, 2 de julio de 2011

Moby Dick - La matanza de los tiburones







Pero en la espumosa confusión de los adversarios que se debatían mezclados, los tiradores no siempre daban en el blanco: esto reveló otro aspecto de la increíble voracidad del enemigo. Los tiburones no sólo se mordían ferozmente las vísceras colgantes unos a otros, sino que se doblaban como arcos flexibles y se mordían a sí mismos, de modo que al fin esas entrañas parecían tragadas una y otra vez por la misma boca para ser arrojadas por la herida abierta en el lado opuesto. Y esto no era todo. Era peligroso mezclarse con los cadáveres y los espectros de esos seres. En sus huesos y articulaciones parecía esconderse una especie de vitalidad genérica o panteísta, aun después de extinguirse lo que podríamos llamar la vida individual. Muerto e izado a bordo para quitarle la piel, uno de esos tiburones estuvo a punto de arrancar una mano al pobre Queequeg, cuando éste trató de bajar el belfo muerto sobre la quijada asesina.

Herman Melville, Moby Dick, Mondadori, 2003

sábado, 25 de junio de 2011

Stefan George - La palabra

                                                                    
                                                                 
                                                              
                                                               

Milagro de lejos o ensueño
Traje a mi país hasta el extremo

Y aguardé a que la gris norma
El nombre encontrara en su poza -

Pude asirla luego firme y fuerte
Brilla ahora en la marca y florece ...

Otrora arribé tras buena travesía
Con una alhaja delicada y rica

Buscó largo y me dio consejo:
"Aquí nada duerme en hondo suelo"

Y escapó a mi mano la palabra
Y jamás el tesoro ganó mi patria ...

Aprendí la renuncia con tristeza:
Nada hay donde la palabra quiebra.

Stefan George, Nada hay donde la palabra quiebra, trad. Carmen Gómez García, Trotta, 2011

sábado, 18 de junio de 2011

Los observadores - W. H. Auden

                                                                                                      
                                                                                                   
                                                                                                                   
                                                                                                              
                                                                                                                                  
Acodado en el alféizar me asomo a ver la noche:
El rostro amarillento del reloj de la iglesia, la luz verde del muelle
llameando en honor de otro año imprudente;
Zumba el silencio en mis oídos;
Se apagaron las luces de familias vecinas.

Bajo la oscuridad todo parece inmóvil;
La gran lila, lo mismo que una conspiradora,
Se hace la muerta sobre el césped,
Y arriba, junto al asta de bandera, la Osa Mayor
Cuelga como un portento sobre Helensburgh.

Oh Señores del Límite, que trabajáis con luz y oscuridad
Disponiendo un tabú entre diestra y siniestra,
Los tranquilos gemelos influyentes
De los que emana toda la propiedad,
Miradnos esta noche con indulgencia.

Nadie os ha visto: nadie puede decir, "Hace muy poco...
Aquí. Mire estas huellas... Andan cerca, al acecho",
Pero en mis pensamientos, esta noche,
Me parecéis figuras que vi una vez en sueños,
Los robustos guardianes de una finca rural.

Los fusiles al hombro, con la lluvia o el cielo claro,
Apostados en puertas o altozanos,
Junto a puentes y sotos os sabemos ahí:
Vuestra insomne presencia con su eterna amenaza
Nos invita a apreciar la paz de que gozamos.

No miréis muy cerca, no seáis muy veloces;
Nadie os ha invitado, pero estamos enfermos,
Usando los ardides del topo, las maneras
Del pavo o el sombrío coraje de la rata,
Y sólo con un truco sabremos despistaros.

La órbita del año se adentra en el verano.
Qué importa si el hambriento visionario
Ha visto el carnaval dentro de vuestras verjas,
Vuestros cuerpos pisoteados por las calles...
Aún vuestro poder nos hace falta: empleadlo, que nadie

Abandone la mesa llevado de un impulso,
Lanzándose de pronto, insensible ante el daño,
Con peligro en un cuarto o girando salvaje-
-mente sobre los campos igual que una peonza,
Barriendo y abatiendo por entre el día insomne.



The Watchers



Now from my window-sill I watch the night,
The church clock's yellow face, the green pier light
Burn for a new imprudent year;
The silence buzzes in my ear;
The lights of near-by families are out.

Under the darness nothing seems to stir;
The lilac bush like a conspirator
Shams dead upon the lawn, and there
Above the flagstaff the Great Bear
Hangs as a portent over Helensburgh.

O Lords of Limit, training dark and light
And setting a tabu 'twixt left an right,
The influential quiet twins
From whom all property begins,
Look leniently upon us all to-night.

No one has seen you: none cay say, "Of late–
Here. Yo can see the marks –The lay in wait,"
But in my thoughts to-night you seem
Forms wich I saw once in a dream,
The stocky keepers of a wild estate.

With guns beneath your armas, in sun and wet,
At doorways posted or on ridges set,
By copse or bridge we know you there
Whose sleepless presences endear
Our peace to us with a perpetual threat.

Look not too closely, be not over-quick;
We habe no invitation, but we are sick,
Using the mole's device, the carriage
Of peacock or rat's desperate courage,
And we shall only pass you by a trick.

Deeper towards the summer the year moves on.
What if the starving visionary have seen
The carnival within our gates,
Your bodies kicked about the streets,
We need your power still: use it, that none,

O, from their tables break uncontrollably away,
Lunging, insensible to injury,
Dangerous in a room or out wild-
-ly spinning like a top in the field,
Mopping and mowing through the sleepless day.


W. H. Auden, de Los señores del límite, trad. Jordi Doce, Galaxia Gutenberg, 2007

sábado, 11 de junio de 2011

Andrés Sánchez Robayna - Chillida Leku, 2002



Ïbamos, en la tarde,
bajo las nubes grises.
(Tú tocabas el límite.)


Íbamos en silencio
contemplando las piedras
alzadas de la tierra.


El húmedo rumor.
(Se escuchaba el magnolio
suave en el aire solo.)


En el lugar vacío,
rompiendo el aire, dije:
Dime, señor del límite.




Andrés Sánchez Robayana, La sombra y la apariencia, Tusquets Editores, 2010

sábado, 4 de junio de 2011

sábado, 28 de mayo de 2011

Gregory Corso - Mis manos son una ciudad







Mis manos son una ciudad, una lira
Y mis manos están ardiendo
Y mi madre toca Corelli
     mientras mis manos arden.



My hands are a city, a lyre
And my hands are afire
And my mother plays Corelli
       while my hands burn


Gregory Corso, en Gasolina y otros poemas, trad. Diego A. Manrique, Producciones Editoriales, 1980

sábado, 21 de mayo de 2011

Juan Gelman - ¿A quién?







Estoy de pie en el día que arde y
veo tu rostro al fondo.
¿A quién amás ahora que amaste?
A veces
volvés en una foto angosta
y repaso cómo soñabas
en los fierros de la compasión.
No sé llegar a la isla
del tamaño de tus cenizas.
La muerte sin avisar no tiene
la protección que
se hace con las lágrimas.
Cruza la noche y
apaga rostros.

Juan Gelman, País que fue será, Visor, 2004

lunes, 9 de mayo de 2011

Antonin Artaud - Il n'est plus possible que le miracle n'éclate pas







No es posible que al fin el milagro no estalle
He sido demasiado castigado
Me he atormentado demasiado en el mundo
He trabajado demasiado para ser puro y fuerte
He perseguido demasiado al mal
He buscado demasiado tener un cuerpo limpio



Il n'est plus possible que le miracle n'eclate pas.
J'ai été trop supplicié.
Je me suis trop ennuyé au monde.
J'ai trop travaillé à être pur et fort.
J'ai trop pourchassé le mal.
J'ai trop cherché à avoir un corps prope


Antonin Artaud

sábado, 7 de mayo de 2011

Antonella Anedda

                                                               
                                                            
                                                              
                                                                 
                                                             

Yo conozco el envés de los metales
la frente que aprieta las monedas
para dañar el dolor. Ahora
no sirve ya ningún giro.
Ininterrumpida la ceniza queda
en las muñecas deja intacta las espinas
las seis bayas invernales.
Donde yo no llego es quietud
la hierba que adensa su sien rayada.

Abajo todo sigue
en el suelo recomienza
la caza nocturna
el estallido de los pájaros
su cabeza partida, el espejo movido deprisa.
La captura.


Io conosco il rovescio dei metalli
la fronte che preme le monete
per colpire il dolore. Ora
non serve più nessun giro.
Ininterrotta la cenere resta
sui polsi lascia intatte le spine
le seis bacche invernali.
Dove io non arrivo è quiete
l'erba che addensa la sua tempia rigata.

In basso tutto continua
sul pavimento ricomincia
la caccia notturna
lo schianto degli uccelli
la loro testa divisa lo specchio mosso in fretta.
La cattura.

Antonella Anedda, de Residencias invernales, trad. Emilio Coco, Igitur, 2005

Ambrose Bierce - El Diccionario del Diablo

                                                                                                                         
                                                                                                                                                  
                                                                                                                                                  
                                                                                                                                                   

HADA, s. Criatura diversamente conformada y dotada, que habitaba antiguamente en praderas y bosques. Era nocturnal en sus costumbres y algo aficionada a la danza y al robo de niños. Actualmente, los naturalistas las consideran extinguidas a las hadas, aunque un clérigo de la Iglesia Anglicana vio tres cerca de Colchester en 1855, mientras atravesaba un parque, después de cenar con el señor del castillo. La visión le sorprendió mucho, y lo dejó tan alterado que su narración de la historia era incoherente. En el año 1807, un grupo de hadas visitó un bosque cercano a Aix y se llevó a la hija de un campesino, a la que se había visto internarse en el bosque con un hato de ropas. El hijo de un adinerado bourgeois desapareció hacia la misma época, pero regresó después: había presenciado el secuestro y persiguió a las hadas. Justian Gaux, un escritor del siglo XIV, asegura que el poder de transformación de las hadas es tan grande que él pudo ver cómo una de ellas se convertía en dos ejércitos enemigos que libraban una sangrienta batalla; al día siguiente, cuando el hada reasumió su forma original y desapareción, quedaron en el campo setecientos cadáveres que los aldeanos tuvieron que enterrar. Gaux no informa si alguno de los heridos se recuperó. En tiempos de Enrique III de Inglaterra, se decretó por ley la pena de muerte para quien "matare, hiriere o estropeare" a un hada; la ley fue universalmente respetada.


PERRO, s. Especie de Deidad adicional o subsidiaria, destinada a recibir los excedentes y sobrantes de la religiosidad del mundo. Este Ser Divino, en algunas de sus encarnaciones más diminutas y lanudas, ocupa en el amor de la Mujer un lugar al que ningún macho humano podrá aspirar. El perro es una supervivencia, un anacronismo: no trabaja ni hila, pero consigue lo que no consiguió ni Salomón, en toda su gloria: yace el día entero sobre una estera, tostándose al sol y engordando, mientras su amo se afana para obtener con qué pagar un lánguido meneo de su cola salomónica, sazonado con una mirada de tolerante reconocimiento.

Ambrose Bierce, El Diccionario del Diablo, trad. Eduardo Stilman, Valdemar, 2004