sábado, 1 de noviembre de 2008

Tristán e Iseo






(...) Cuando se aproximan al lugar se detienen. El florestero le sostiene el estribo, el rey descabalga y ata las riendas a una rama de manzano verde. Se acercan a la cabaña. El rey se despoja de su manto: aparece su cuerpo robusto y gallardo. Hace señas al florestero para que se retire. Desenvaina la espada y avanza dispuesto a la venganza. Blande su arma, va a golpearlos (¡Dios! ¡Qué desgracia si lo hiciera!). Pero ve que Iseo lleva puesta su camisa y Tristán sus calzas, sus bocas no se juntan, la espada desnuda separa sus cuerpos.
-¡Dios mío! -exclama-. ¿Debo matarlos? Si se amasen con loco amor no dormirían vestidos, la espada desnuda entre ellos.
Contempla sus rostros: Iseo le parece más bella que nunca. La fatiga la había dormido y coloreado sus mejillas. Un rayo de sol caía sobre su rostro. El rey coloca su guante sobre el hueco por el que se filtra el rayo que abrasa el rostro de la reina. Suavemente sustituye el anillo de Iseo por el suyo y coloca su espada en el lugar de la de Tristán, con la que un día su sobrino había matado al Morholt. Antaño, cuando el rey le había regalado el anillo, entraba con dificultad: tanto había adelgazado Iseo en su vida de fugitivos que ahora se le escapaba del dedo y era milagro si no lo perdía. El rey sale de la cabaña, despide al florestero y emprende su viaje de regreso. Renuncia a tomar venganza y oculta celosamente a todos lo ocurrido.


Tristán e Iseo
Biblioteca artúrica, Alianza Editorial

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